Abrigos de piel de becerro italiano, gabardinas de felpa para mujer y chalecos para hombre. A simple vista, podría ser el material expuesto en el escaparate de cualquier tienda. La diferencia: el interior de las prendas. Unas placas fabricadas con materiales antibalas se sitúan en el forro convirtiendo estas ropas en abrigos, gabardinas y chalecos blindados. Se trata de la alta costura de la seguridad.

Miguel Caballero es la firma que las confecciona y la persona que da nombre a la marca, un colombiano de 42 años, lleva 18 trabajando y perfeccionando esta modalidad de seguridad personal. En 2006 abrió su primera sucursal fuera de Colombia y está situada en la Ciudad de México.

Todo comenzó por curiosidad. Miguel Caballero observó como los escoltas de una compañera salían del vehículo con los chalecos antibalas en la mano y los guardaban en el maletero. ¿Por qué tener esta protección y no usarla? El peso desproporcionado de las prendas y su poca flexibilidad hacían de ellas un artículo muy poco confortable e impedían tener libertad de movimiento. “Con diez dólares prestados y algún peso más que tenía compró materia prima y montó la primera chamarra de piel blindada”, explica Javier Di Carlo, director de marketing de la compañía. Así empezó el negocio.

Ropa blindada para personas normales

“Nuestro cliente es el que tiene un buen coche, tiene poder adquisitivo, tiene su relojito que brilla…Pero no lleva escolta ni un coche blindado porque eso le costaría mucho”. Di Carlo describe de esta forma a las personas que se visten con sus prendas. Desde agentes portuarios de Veracruz, hasta médicos o ejecutivos mineros del norte del país.

Con un rango de precios que va desde 400 hasta 4.000 dólares, personajes como Steven Seagal y un gran número de presidentes latinoamericanos, anónimos por cuestiones de confidencialidad del negocio, utilizan estos blindajes invisibles. Blindajes capaces de soportar los disparos de una magnum 44.

Estricta seguridad para vender protección

La existencia de un gran número de delincuentes con posibilidades económicas para comprarse estas prendas hace necesario un férreo control entorno a la clientela. “Nosotros llamamos a los clientes, y si aparece una persona en la tienda queriendo comprar, la investigamos”.

La identificación oficial que se presenta a la hora de hacer un pedido sirve para averiguar si la persona en cuestión forma parte tanto de la lista Clinton, donde aparecen los delincuentes más buscados del mundo, como en la Secretaría de Seguridad Pública local y federal.  

“No se pueden evitar los fraudes”, asegura Di Carlo. Por eso, cada prenda lleva instalado un sistema de seguimiento que ofrece información de todo el proceso de la venta. “Se puede saber desde el hilo con el que se confeccionó la prenda hasta la persona a quien se le vendió”, explicó.

Con este sistema, la firma evita conflictos con las autoridades en caso de que el cliente sea un intermediario y entregue la compra a algún delincuente.